
Ya sabemos que el Chavo del ocho no era muy listo, temeroso y abandonado a su suerte en un barril de cualquier patio de vecindad, era agredido simpáticamente –entre otros- por don Ramón, neurótico de tiempo completo y papá soltero de la chillona Chilindrina. Así solito, sin mamá y sin papá, el niño tonto, se la pasaba el día completo dando tumbo aquí o allá, soportando los golpes de su colectivo de padres, que se arroban el derecho a reprender al niño-perro de patio, sólo porque se les cruzaba en su camino. Hambriento y con poca capacidad de concentración, iba a la escuela, extensión cruel del patio de su abandono, sólo para que los hijos de la horda de padres justicieros, terminaran el trabajo iniciado la tarde anterior por los progenitores del manazo y el vituperio. Y así amamantado por la sorna de los demás, no digamos creció, porque andrajoso e infantil pero con cuerpo de adulto siempre fue, si no más bien que ahí la fue pasando.
Me pregunto si ahora que el señor Gómez Bolaños ha decidido dar la batalla, por “la vida”, ya nos puede platicar quién era la madre de ese Chavo abandonado, que durante años nos enseñó a los mexicanos, lo gracioso que puede ser para los espectadores, que los no deseados, los hijos sin padres, ni estado protector, estén dispuestos a poner la otra mejilla antes, mucho antes de que se las pidan, para soportar estoicos, su condición de indeseables.
Ahora bien, que bueno que la mamá del señor Gómez Bolaños arriesgó su vida por salvar la de su hijo deseado, pero qué mal que el escritor mamá del Chavo, trajo al mundo un hijo para abandonarlo a su suerte en el patio de su ignominia, seguro que cuando esa mamá guionista dio a luz al perro de patio, que fue el Chavo, no tuvo la oportunidad de ir a una clínica en las primeras semanas de embarazo a decir: “No, yo no quiero perpetuar el estoicismo sin sentido. No, yo no quiero que este embrión se vuelva un Chavo más.”



